De la Banda de Guerra al Escenario: La Historia de un Cantante que Aprendió de Oído

Comencé mi historia musical en un pequeño pueblo llamado Punta Colonet, en Baja California. En esa época, no tenía acceso a instrumentos ni profesores, pero sí tenía algo que me movía por dentro cada vez que escuchaba una canción: la pasión por la música.

Mi primer acercamiento real fue a través del grupo mexicano Caló y otros sonidos que marcaron los años 90’s. A falta de un instrumento en casa, aprendí con lo que tenía: mis oídos. La radio, los discos de otras personas y los ensayos de otros músicos se convirtieron en mi escuela. Sin partituras ni teoría, logré tocar mis primeras notas en la guitarra mucho antes de pisar una escuela formal.

En la secundaria me uní a la Banda de Guerra como comandante. Este momento fue clave. Ahí descubrí no solo la disciplina que requiere la música, sino también el poder que tiene tocar junto a otros. Aunque eran instrumentos de percusión y no cuerdas, cada ensayo era una lección, cada desfile era un escenario.

Ese liderazgo temprano me dio confianza. Me demostró que tenía madera para la música. Aprendí a organizar, a marcar el ritmo, a entender que un solo error puede afectar a todo un grupo. Pero sobre todo, entendí que la música une, transforma y empodera.

A los 16 años, como muchos jóvenes en Latinoamérica, me enfrenté a una realidad cruda: la falta de dinero. Aunque un amigo me regaló mi primera guitarra, no podía permitirme entrar a una escuela de música. Tuve que dejar mi sueño por un tiempo y enfocarme en trabajar para sobrevivir.

Pero ese sueño, aunque pausado, nunca murió. El deseo seguía ahí, fuerte como el primer día que vi tocar una guitarra frente a mis ojos. Y como todo lo que nace del alma, volvió.

Con el tiempo logré ingresar a una escuela de música en El Pescadero, Baja California Sur. No fue un camino largo ni con muchas clases, pero fue suficiente para reencontrarme con mi esencia. Toqué en eventos locales, compartí escenario con músicos del pueblo y confirmé que lo mío era cantar, tocar y crear.

De ahí en adelante, no solté más la guitarra ni los micrófonos. Aunque también trabajaba para mantenerme, nunca dejé de componer, de cantar, de escuchar y de aprender.

Muchos creen que necesitas años de conservatorio para ser músico. Yo creo que necesitas corazón. Aprender de oído me enseñó a escuchar con más atención, a ser sensible a los detalles y a tener un estilo propio.

Hoy, miro atrás y agradezco no haber tenido todo servido. Porque si lo hubiera tenido fácil, quizás nunca habría desarrollado el hambre, la determinación ni el instinto musical que me definen.

Si tú que lees esto no tienes cómo pagar una escuela, si no tienes un instrumento propio, si piensas que no puedes ser músico porque te falta dinero, déjame decirte: sí puedes.

La calle también enseña. Tus oídos son tu herramienta más poderosa. Tus ganas valen más que cualquier título. Yo estoy aquí, haciendo música, porque un día no me rendí. Y tú también puedes.

¿Aprendiste solo? ¿Tocas sin haber ido a una escuela? ¿La música también fue tu refugio?
Déjame un comentario aquí abajo y sigamos creando comunidad entre los que llevamos el ritmo por dentro.

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