Últimamente he pensado mucho en cómo nacen mis canciones. Y si soy sincero, no siempre salen en mis mejores días. Muchas de las letras que más han conectado conmigo mismo —y con ustedes— vienen directo desde la herida, desde ese punto donde uno ya no puede callarse lo que siente.
Yo no escribo para sonar perfecto.
Escribo porque necesito sacar lo que traigo dentro.
Escribo porque si no lo hago, me pesa el alma.
Hay momentos de la vida que te marcan, que te dejan cicatrices que nadie ve, pero que tú sientes todos los días. Y cuando me siento a escribir, es como abrir esas heridas poquito a poco… no para sufrirlas otra vez, sino para transformarlas en algo que me haga avanzar.
Canciones como UN FINAL, Con Chaleko o Aprendí a Sobrevivir no nacieron de un plan, ni de un estudio, ni de querer pegar un hit.
Nacieron de madrugadas sinceras, de pensamientos que no te dejan dormir, de recuerdos que queman y de verdades que ya no caben en el pecho.
La gente a veces piensa que escribir desde el dolor es quedarse en lo triste…
pero yo aprendí que también es una forma de liberarse.
Cuando convierto una herida en música, dejo de verla como un peso y empiezo a verla como un aprendizaje.
Y si lo que escribo logra acompañar a alguien más en su proceso, entonces siento que todo lo vivido —lo bueno y lo feo— tuvo un propósito.
Hoy solo quiero decirte esto:
lo que hoy te parte, mañana puede convertirse en una de tus creaciones más fuertes.
No tengas miedo de escribir desde la herida… a veces ahí es donde nacen las mejores historias.