Muchos creen que escribir una buena letra es solo cuestión de rimar. Pero las letras que realmente llegan, que se quedan, que te hacen cerrar los ojos y sentir algo, no nacen de la métrica. Nacen de lo que viviste.
Yo no estudié poesía. Aprendí escribiendo lo que me ardía en el pecho. Lo que me dolía. Lo que no podía decir en voz alta. Y fue ahí donde entendí que una buena letra no es la más perfecta. Es la más honesta.
Si estás empezando a escribir canciones, no te obsesiones con sonar como otros. Mejor pregúntate: ¿esto que estoy diciendo lo viví? ¿Lo creo? ¿Lo siento?
La gente no necesita versos vacíos. Necesita versos reales.
Aprendí que una buena letra:
– No se fuerza. Se siente.
– No busca gustar. Busca expresarse.
– No imita. Habla desde uno mismo.
Escribí mis mejores letras cuando no pensaba en complacer a nadie. Cuando estaba triste, enojado, cansado, herido. Cuando no tenía a quién contárselo más que a la libreta o al beat.
Y aunque después las mejoré, pulí o cambié cosas, lo más importante ya estaba ahí: el sentimiento.
Así que si quieres escribir letras que conecten, no copies estilos. Conecta primero contigo mismo. Sé honesto, incluso si no es bonito. Incluso si te da miedo.
Porque ahí es donde nace la música que realmente importa.